Por aquel entonces...
Esta historia tiene sus comienzos en tierras lejanas, océano de por medio. Allá por Italia. de donde deciden partir mis bisabuelos para venir al barrio porteño de Mataderos. Barrio teñido de pasión verde y negra, colmado de corazones que laten al compás del tambor los domingos en la tribuna. Ahí nació Rafael José Ruccella y con él, la pasión de nuestra familia por el Club Atlético Nueva Chicago...
Regresando a estos tiempos...
Año 2000. día y mes inexactos. Uno de aquellos en que mamá decide que es hora de acomodar y pone a toda la familia bajo sus órdenes del estilo "tira esto", "guardá aquello", "poné en su lugar esto otro". El garaje de la casa se había convertido en un verdadero caos cuando, entre cajas y bolsas, escondido en algún lugar, apareció.
Casi igual a como era, indefectiblemente víctima del paso del tiempo, del mal cuidado, del olvido, quizás.
En su tapa, contrastando con el fondo verde, un escudo que alguna vez había sido negro, del glorioso Club Atlético Nueva Chicago. Al abrirlo, una foto en blaco y negro y un texto casi ilegible daban cuenta de los años que tenía.
Hubiera jurado que el señor me devolvía la mirada desde esa imagen congelada en el tiempo. Intentaba descubir el verdadero color de sus ojos cuando papá, quien se encontraba a mi lado, me volvió a la realidad. "¿Te lo querés quedar?", preguntó. Me detuve un instante al percibir lo similares que eran sus ojos a los de la foto y en un susurro dije que sí.
Señor Ruccella, Rafael. Socio 0697 de la Institución. Databa del mes de abril de 1979, fecha en que se había hecho el último pago de la cuota. Probablemente después, la enfermedad ganó la pulseada y Lucho, como le decían sus allegados, no apareció más por el polideportivo para abonar puntualmente los pocos pesos mensuales que lo mantenían ligado materialmente al Club.
Supongo que fue ese día cuando terminé de comprenderlo. Estoy prácticamente segura que al momento de tener en mis manos ese carnet que alguna vez estuvo entre las suyas pude entender de dónde venía esa mezcla de emociones que me recorría el cuerpo al ver, fin de semana tras fin de semana, al equipo saliendo a la cancha vistiendo la verdinegra querida.
Confirmé al fin que la herencia más linda de todas me la había dejado mi abuelo y que una partecita de ella había tomado la forma de ese carnet que pronto recorrería los estadios de primera.
Un año después de haberlo encontrado, escondido en un bolsillo con la complicidad de mi hermana, lo llevé al Chateau Carrera, en Córdoba capital, hasta donde nos habíamos trasladado para gritar de una vez por todas que Chicago era de primera.
Al cumplirse aquellos 90 minutos, abrazo de por medio, papá, Dani (mi hermana) y yo supimos que habíamos cumplido el sueño de Lucho, el sueño de poder ver a su querido Chicago realizando la hazaña de consgrarse campeón.
Quizás, desde un carnet, quizás desde alguna estrella, quizás desde los que llevamos su misma sangre ¿quién sabe? asentí que eso que el cáncer no le había permitido tan sólo por dos años, aquel 9 de junio se había concretado y nadani nadie podría quitarle esa alegría.
Desde entonces, ese carnet nos acompaña en las canchas de fútbol. Con él, mi abuelo que grita fuerte entre todos los demás fieles al compás de algún tambor "Chicago, mi buen amigo..." Mediante un simple objeto, los Ruccella nos sentimos un poquito más cerca.
Jesica Ruccella. 5to CBU

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