La Vida En Altamar
Mi abuelo materno, José Narducci, actualmente tiene 89 años. Desde niño compartí mucho tiempo con él. Algunos días a la semana venía a cuidarme mientras mi mamá trabajaba, así fue que crecí escuchando historias de su vida.
Recuerdo cada una de esas anécdotas y cuando pensé en un objeto importante que representara a nuestra familia, que fuera significativo para nosotros, enseguida recordé un cuadro, que mi abuelo tenía colgado en su casa y le regaló a mi mamá hace años, para que lo conservara como una parte de su historia. Él solía contar que cuando tenía 18 años, en 1935 decidió alistarse en la Armada Argentina, porque siempre había querido ser marino pero sus recursos económicos le impidieron inscribirse en la carrera de oficial, por lo tanto se enroló como Marinero. Estuvo 2 años en el puerto de Buenos Aires y en el de Entre Ríos, haciendo tareas de mantenimiento, luego, en 1938 ,lo designaron para el puesto de Foguista, en las calderas de la Fragata Sarmiento, que era un buque que funcionaba como escuela de instrucción para los cadetes a oficiales de la Fuerzas Armadas. En este buque que en ese año realizaba su último viaje alrededor del mundo, mi abuelo pasó más de 8 meses arribando a varios puertos importantes . Recuerdo que hace unos años mi papá nos llevó junto con mi abuelo a visitar la Fragata Sarmiento, que se encuentra anclada en el Puerto de la Ciudad de Buenos Aires, ya que fue declarada monumento histórico. Al recorrerla mi abuelo nos contaba cómo había sido la convivencia con sus compañeros de la sala de maquinas, con los oficiales y con el capitán del buque, cuyo apellido era Malerba.
El trabajo era duro´. Consistía en mantener las calderas que funcionaban a carbón, siempre encendidas. La sala de calderas era un lugar reducido donde la temperatura alcanzaba más de 45 grados y junto a su compañero eran los encargados de palear el carbón dentro de las mismas. La situación se complicaba cuando había tormenta en altamar, ya que la Fragata era a Vela y muy pequeña y en esos momentos en que las olas azotaban el buque había que subir al palo mayor a recogerlas para no perder la dirección, así se cobró la vida de 2 hombres que cayeron de esa altura al mar y que jamás pudieron ser encontrados. Pero también hubo momentos maravillosos. Como este era un buque escuela, en cada puerto que desembarcaban los cadetes visitaban gran parte de los países, mientras el buque se reabastecía de carbón, alimentos y agua. La tripulación tenía franco para recorrer y conocer lo más posible, se quedaban en cada puerto de 7 a 10 días. El primero fue en la ciudad de Santos en Brasil, luego Cartagena, en Colombia; Panamá; La Habana, en Cuba; y navegando por el río Mississippi llegaron a Nueva Orleáns, luego Charlestón, Ciudad de Estados Unidos; las Islas Azores; las Bermudas. Ya en Europa la Ciudad de Burdeos, en Francia donde conoció la torre Eifeld y el museo del Louvre. En el continente Africano el puerto de Casablanca, Dakar y desde allí directamente a Buenos Aires. En cada país desfilaba toda la tripulación ante las autoridades y recuerdo que me contó que en el puerto de Cuba lo hicieron frente al General Fidel Castro. También recordaba sobre una ceremonia que se realizaba al cruzar la línea del Ecuador precedida por el capitán del barco quien representaba al Dios Neptuno (Dios de los mares) quien ordenaba a marineros disfrazados de tiburones que zambulleran en una especie de pileta a todo aquel que formara parte de la tripulación y que fuese la primera vez que cruzaba la línea, otorgándole un diploma que aún guarda entre sus recuerdos. Mi abuelo tenía un compañero que era su mejor amigo del que siguió siéndolo toda su vida y otro marino al que no volvió a ver pero del que guarda un gran recuerdo, un retrato de mi abuelo echo a lápiz.

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