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Historias de Inmigrantes

21/11/2007 GMT -3

El Ramillete

mogas @ 18:30

Les voy a contar  la historia de este ramillete que  fue hecho por mi bisabuela Esther cuando tenía quince años.

Ella tuvo que ir a Montevideo para cuidar a su abuela y  siempre le contaba a su familia que extrañaba mucho a sus padres y a sus hermanos

.

Una tía, llamada Carolina, le enseñó a hacer muchas manualidades, entre ellas, este ramillete. Hizo varias manualidades para cada uno de sus hermanos y este ramillete se lo quedó ella porque estaba muy orgullosa de su trabajo..

Mi abuela le regaló a mi mamá el ramillete que se ve en la foto junto  con una medallita de la  Virgen de Lourdes. Ella una vez, me contó que cuando vio la medallita quedó muy impresionada y  que a partir de ese momento empezó a ser devota de Lourdes.

 En la foto está mi bisabuela luciendo con orgullo su ramillete.

Yo voy a seguir guardándolo y cuidándolo mucho  ya que tiene 70 años.


el-ramillete.jpg

 

Lila Caruso 1° B cbu

LA MÁQUINA DE COSER

mogas @ 18:13

    

En el año 1948 mi abuelo materno, José, emigró de Italia a la Argentina con mi abuela Teresa, recién casados. Acá los esperaban los hermanos de mi abuelo, que le habían prometido casa y trabajo.

Mi abuelo en Italia había aprendido el oficio de sastre. Por eso con él trajo, también, su máquina de coser, con la cual “crió” a su familia que fue numerosa. José y Teresa tuvieron cinco hijos.

Mi mamá, que es la cuarta de sus hijas, luego de que se casó con mi papá, heredó el departamento en donde mi abuelo ejercía su oficio de sastre.

En éste estaba la máquina de coser que mi abuelo tanto cuidaba.

Pero como mi mamá nuca entendió nada de costura, con mi papá tuvieron una gran idea: pintaron el pie de la máquina y lo transformaron en una mesa para mi biblioteca, y sobre ella colocaron portarretratos, un velador y muchas cosas más”.

Luciano Dartarián. 1ro. CBU. B

19/11/2007 GMT -3

UN BARCO EN LA TORMENTA

mogas @ 12:51

barco.jpg

Era mayo de 1965.  Mi abuela Laura le decía a mi abuelo Julio que sería lindo comprar un cuadro para colgar en el comedor de la casa porque iba a dar mas colorido al ambiente haciéndolo mas agradable.Mi abuelo quedó pensativo y a los pocos minutos le comunicó a mi abuela que él mismo compraría la tela y pintaría un cuadro. Así fue que un sábado de abril de ese año, puso un atril debajo de un ciruelo que había en los fondos de la casa y a la hora de la siesta comenzó a bosquejar con carbonilla, un antiguo barco sacudido por una feroz tormenta.A continuación comenzó a aplicar colores blanco y celeste para darle forma al fondo compuesto por dos terceras partes de agua y un tercio de nubes.A pesar de que nunca había estudiado pintura, pensó que con una tela de sesenta centímetros de ancho por cincuenta de alto, podía llegar a quedar bien proporcionado.Al cabo de un par de horas mi abuela pasó a observar, y le llamó la atención no ver el barco ya que todo era una mezcla extraña de celeste y blanco. Entonces preguntó ¿Y el barco? a lo que mi abuelo contestó ¡Ya va a venir, ya va a venir!  Al cabo de unos minutos volcó sobre la paleta distintas pinturas que tenía en mente y como un poseído comenzó a tomar con la espátula un poco de cada color y a llevarlos nerviosamente a la tela. En unos quince minutos, el cuadro estuvo terminado.Mi abuelo siempre recuerda esta anécdota con la sensación que no fue él quien pintó el cuadro, sino que no sabe quién le llevó la mano. A el le parece que le sucedió algo similar a lo que decía el poeta Amado Nervo en los siguientes versos: 

“Si mis rimas fuesen bellas

enorgullecerme de ellas no está bien,

pues que yo no las escribo sino mas bien

que al oído me las dicta no se quién.”

 Mi abuelo no desmiente a Amado Nervo, y si bien es cierto que no se dedicó a la pintura, si lo hizo con la poesía y pudo verificar aquellas palabras de Nervo que con claridad se refería a la función de médium que cumple el artista.El día en que mis abuelos no estén mas,  pienso que los nietos discutiremos bastante parta decidir quién se quedará con el cuadro del barco en la tormenta.  

Pedro Seifert  5º CBU

María

mogas @ 12:45

            Por Florencia Aldana Rodríguez.

  María era una niña, tomaba disimuladamente pedacitos de las barras de chocolate que vendía su padre. Con la ayuda de su hermano José, abría el paquete, cortaba los extremos de la barra con sumo cuidado y lo volvía a cerrar. El trabajo estaba tan bien hecho que ni su padre, ni sus clientes sospechaban del engaño. Así como ella tampoco sospechaba que un día, su hermano la estafaría y perdería todo. Cosa que sucedió poco después de la muerte de su esposo, lo conoció en una fiesta, como en uno de esos empalagosos cuentos de hadas. Él era el más hermoso, ella la más dulce. Tuvieron muchos hijos. Se dice que cuando una de sus hijas enfermó de apendicitis y estaba al borde la muerte, él le ofrendó su vida a Dios para que la niña siguiera con vida. Su hija se salvó y él murió a las dos semanas.Así fue como María comenzó a ganarse el pan de cada día fabricando corbatas. No amo a nadie más que a su esposo y sus hijas, razón por la cual, nunca volvió a casarse y vistió un riguroso luto por el resto de sus días.Murió, siendo ya muy anciana.Llegue a conocerla mediante historias y objetos, de a pedacitos. Porque después de muertas las personas solo existen en el mundo de los recuerdos. Cada persona mantiene al difunto con vida conservando su recuerdo preferido, ya sea este dulce o amargo. Todos los objetos esconden una historia.El anillo de compromiso de mi bisabuela no esconde una simple historia, sino que además es la llave de su alma.  

Corazón de Caballero

mogas @ 12:37

casapsd.jpg

Iglesia de San Pantaleón, ubicada en el Barrio de Tablada.

  Mi familia se identifica sobre todo con la imagen de “San Pantaleón”, patrono del pueblo de Limbadi en Italia, donde nacieron mis nonos y mis tíos abuelos.  Pantaleón Legname, mi tío abuelo, que era una persona muy devota de este Santo, nació el 27 de abril de 1911, fecha exacta en la que se celebra el día del santo. Estaba casado y no tenía hijos. Participó de la Segunda Guerra Mundial en África y estuvo alejado de su familia y de su esposa Dominga, durante 13 años.En el año 1949, cuando finalizó la guerra, viajó a la  Argentina para reencontrarse con su familia. Su fe en San Pantaleón había aumentado porque aseguraba que el Santo le había salvado la vida más de una vez.En el año 1974, (me contó mi nono) él había sufrido un infarto muy grave y  los médicos no le daban esperanzas de vida porque según le informaron a la familia su corazón estaba muy debilitado por un infarto anterior, cuando se encontraba en la guerra, pero del que él  no se había dado cuenta. Sin más esperanzas, mi nono, mi papá y mis tíos ya buscaban el lugar donde iban a velarlo pero en el transcurso de ese  día, los médicos le informaron a mi familia, muy sorprendidos, que mi tío abuelo estaba fuera de peligro, y que además estaba sentado en la cama pidiendo que le llevaran comida.Nadie de mi familia podía creer lo que había pasado, ya que verdaderamente había estado muy  grave. Cuando mi nono entró a la habitación para ver cómo estaba, Pantaleón le afirmó que, mientras luchaba entre la vida y la muerte, se le había aparecido, en los pies de la cama, la imagen del San  Pantaleón que le decía que tenía que seguir viviendo. Es por eso,  que mi tío abuelo que siempre tuvo tanta  devoción por el santo comenzó con la tarea de construir la iglesia de San Pantaleón en Argentina, y la de  traer desde Italia la replica del Santo. Comenzó construyendo  una pequeña capilla, y luego cuando fue Presidente de la Comisión, logró a través de la Municipalidad encontrar el terreno apropiado, en el barrio de Tablada, para construir la iglesia. Además de fundar la iglesia, realizó una Asociación donde participaban los vecinos para realizar diferentes actividades y deportes.  Cuando se endeudó, salió en busca de personas y allegados que colaboraran con los materiales necesarios para poder seguir con la construcción. De esta manera la iglesia se fue construyendo con el aporte de cada una de aquellas personas. El pueblo de Limbadi donó la replica exacta del Santo y en la iglesia colocaron una placa con el nombre del fundador, mi tío abuelo, Pantaleón Legname. En el año  1975 el gobierno italiano, a través de su embajador, lo condecoró con la “Cruz de Caballero” o “Caballieri”, por ser una persona que siempre había buscado hacer el bien y había  ayudado a las personas con lo poco que tenía. Esta cruz, que mi papá recibió como regalo cuando cumplió 18 años  es muy importante para mi familia

Pantaleón Legname falleció el 15 de marzo de 1991,  a los 79 años, sin  poder ver la iglesia totalmente terminada

 sin-titulo-1psd.jpgMomento en que mi tío abuelo es condecorado  con la “Cruz deCaballero” (1976) 

Giuliana Legname

14/11/2007 GMT -3

La familia de Florencia

mogas @ 20:35

La familia de Antonela

mogas @ 20:29

Historia de un inmigrante

mogas @ 19:44

Ella lo vio partir y sintió como si la guerra aún no hubiese terminado y le quitase su propia vida. Cuando lo despidió, supo que por mucho tiempo sólo una foto enmarcada en el lugar más importante de la casa iba a recordarle a su hijo.
Él tomó la decisión y esperó la resignación de su madre, sabiendo que marchándose no sólo la dejaba a ella, sino también a una querida hermana ahora resentida con aquella “bendita” Argentina que le quitaba a su hermano.
Esa Italia querida ya no la sentía parte de él. Sabía que nunca olvidaría todo lo que vivió allí, ni mucho menos las veces que se arriesgaba en pleno bombardeo yendo a los campos en busca de alimentos. Pero eso ya no le pertenecía.
Él anhelaba con llegar a la “gran metrópolis” e independizarse, sabía que iba a ser difícil, pero su ambición era más fuerte que sus temores.
Esos interminables días en el barco sólo aumentaban su ansiedad e ilusión de encontrar en “el cono de la abundancia” trabajo, prosperidad y bienestar. No tuvo miedo cuando desembarcó en Cruz del Eje, pero sí una disimulada angustia que despertó al darse cuenta que se encontraba solo en un lugar desconocido.
Ella desde lejos lo presentía, pero su cara húmeda de nostalgia le recordaba, al mirar el retrato, que no le era indiferente a los deseos de su hijo, y sabía que por su carácter iba a lograr salir adelante.
No tardó mucho tiempo en arreglárselas para trabajar de lo que él hacía en su Patria, había logrado estabilizarse y reencontrarse con sus paisanos. Pero él quería más, ansiaba con llegar a más.
Siempre tuvo esas ideas de “grandeza”, la vida de pueblo nunca había sido para él, y ella lo sabía, por eso lo dejó alejarse.
Adaptarse a la ciudad no le fue fácil, allí experimentó sus primeras desilusiones ante la ausencia de un lugar para vivir. Pensaba en ella y en lo que sufriría viéndolo dormir en una casilla de madera arriba de una terraza, él que había emigrado voluntariamente buscando un futuro mejor.
Ella recibía sus cartas y las atesoraba. En ellas podía leer su melancolía.
Él le dibujaba la Argentina como un lugar distinto, lleno de posibilidades.
Lo cierto es que solo, tuvo que hacer frente a los primeros golpes que se le presentaron. Pero su suerte cambió cuando encontró un lugar estable en donde trabajar de su oficio de carpintero. Quién iba a imaginar que ese lugar sería el primer enlace de su futuro.
Ella se tranquilizó al recibir noticias de él, su letra le trasmitía seguridad y esperanza.
Cómo iba a imaginar que la hija de su querido patrón, aquella muchacha fuerte y determinante, iba a ser de quien se enamore.
Ella confió y su espera no fue en vano. Luego de dieciséis años volvió a ver a su hijo, ahora un hombre realizado, padre y esposo. Ya no le lloraría a un retrato. Le siguieron visitas de él con cada uno de sus siete hijos, con quienes revivía, al despedirlos, el dolor de aquel día en que su hijo zarpó.

(texto de María Luciana Donatelli)

La familia de Evelyn

mogas @ 19:40

Cruzamento

mogas @ 19:33

El tren se había puesto en marcha y yo recordaba todo de repente. Y transpiraba de a poco, pero todo junto, transpiraba a consciencia e intentaba calmarme otro poco cerrando los ojos. Respiraba por la boca, por la agitación… y a la vez el sueño, un estado de adormecimiento compulsivo, y otro tanto de satisfacción de haber podido. Sólo de haber podido. Y era saber, dormir a tientas, con el pulso cardíaco más rápido que el tren, una sonrisa mínima, y el miedo meditando. El balanceo de las vías, y un nuevo ritmo, de ahora en más.
El recuerdo se hizo sueño plácido, se transformó. Inevitablemente aparecieron los cultivos, estábamos los diez en época de siembra, tan sólo faltaba una que ya estaba en Misiones. Nos acompañaba el sol, pero nunca supimos bien si era brasilero o argentino, la frontera siempre nos resultó un lugar confuso. Y entre todo eso, el alambique.
Qué pueblito más chico Pepirí Miní: la gendarmería, el juez y la escuela, que sólo llegó hasta cuarto, y en un idioma.
Ya tenía mis 16 años a cuestas, pero dejé todas las muñecas que había aprendido a coser. Entre la noche hice el cruce, y me fui con la número once. Yo era la menor de todos los hermanos. Mamá, partera. Papá, estricto. Todo atrás.

Me despertó mi amiga, y ya estábamos en Entre Ríos. Luego de tres días de viaje, y sueño, y una mezcla de alucinación con asqueroso realismo, el tren seguía oliendo igual. Así como lo digo, así pasó, así de rápido y temprano. Esa misma noche tomamos el barco. Y era todo más confuso que en la frontera, y supuse que en Buenos Aires lo sería más. Nuestra corta edad rogaba no ser descubierta por el guarda, aceleramos la escalera y nos encerramos en el camarote. Nos miramos, y las cuatro camas, y cuán alegre nos resultó que no nos hubieran pedido papeles. Nos despertamos fuerte al grito de Buenos Aires, y a los golpes en la puerta, al clima de llegada. Y todo era tan diferente cuando bajamos, en el puerto y a la deriva. Pero qué vagos recuerdos logro ahora… la Aduana y ninguna pregunta nos salvaron, por mi parte sólo llevaba una partida de nacimiento y la minoría de edad. Dónde los árboles frutales, y los versitos en portugués.
Nos tomamos un taxi sin demasiado destino, sólo pedimos que nos llevara a algún lugar para vivir. Fuimos a dar con el hotel Oriente, en Belgrano y 9 de Julio. Un par de semanas después mi amiga ya había conseguido trabajo, cosa que también hizo por mí. Al otro día tuve que estar en Junín y Ayacucho, era una casa de familia, me dijeron. Eran los dueños de cigarrillos Piccardo, me dijeron. Y así fue. Otros tres años.
Hasta que cambié de trabajo, ahora era en Arenales. Pero “precisaban a alguien más grande”, había mucho para hacer, así me mandaron con la madre, Eugenia. Nunca la voy a olvidar, jamás, ni a sus noches de canasta, ni sus salidas y bailes, su profesor de folclore en la casa. Ahí nació Cristina, que tuvo niñera propia, Adela. Hasta que falleció Eugenia, durmiendo. Y ya se me escapan un poco las memorias… ya es como en el tren, ya es sueño, ya es lento. Recuerdo apellidos como Guevara, parientes de un Che, también recuerdo al ministro de Perón, su fastidio y una pregunta en particular, que una vez me hizo con toda su intriga y enojo: ¡¿Para qué sirven… esas chapitas que tienen las cerraduras?!

(texto de Rocío sobre su abuela inmigrante)

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