El tren se había puesto en marcha y yo recordaba todo de repente. Y transpiraba de a poco, pero todo junto, transpiraba a consciencia e intentaba calmarme otro poco cerrando los ojos. Respiraba por la boca, por la agitación… y a la vez el sueño, un estado de adormecimiento compulsivo, y otro tanto de satisfacción de haber podido. Sólo de haber podido. Y era saber, dormir a tientas, con el pulso cardíaco más rápido que el tren, una sonrisa mínima, y el miedo meditando. El balanceo de las vías, y un nuevo ritmo, de ahora en más.
El recuerdo se hizo sueño plácido, se transformó. Inevitablemente aparecieron los cultivos, estábamos los diez en época de siembra, tan sólo faltaba una que ya estaba en Misiones. Nos acompañaba el sol, pero nunca supimos bien si era brasilero o argentino, la frontera siempre nos resultó un lugar confuso. Y entre todo eso, el alambique.
Qué pueblito más chico Pepirí Miní: la gendarmería, el juez y la escuela, que sólo llegó hasta cuarto, y en un idioma.
Ya tenía mis 16 años a cuestas, pero dejé todas las muñecas que había aprendido a coser. Entre la noche hice el cruce, y me fui con la número once. Yo era la menor de todos los hermanos. Mamá, partera. Papá, estricto. Todo atrás.
Me despertó mi amiga, y ya estábamos en Entre Ríos. Luego de tres días de viaje, y sueño, y una mezcla de alucinación con asqueroso realismo, el tren seguía oliendo igual. Así como lo digo, así pasó, así de rápido y temprano. Esa misma noche tomamos el barco. Y era todo más confuso que en la frontera, y supuse que en Buenos Aires lo sería más. Nuestra corta edad rogaba no ser descubierta por el guarda, aceleramos la escalera y nos encerramos en el camarote. Nos miramos, y las cuatro camas, y cuán alegre nos resultó que no nos hubieran pedido papeles. Nos despertamos fuerte al grito de Buenos Aires, y a los golpes en la puerta, al clima de llegada. Y todo era tan diferente cuando bajamos, en el puerto y a la deriva. Pero qué vagos recuerdos logro ahora… la Aduana y ninguna pregunta nos salvaron, por mi parte sólo llevaba una partida de nacimiento y la minoría de edad. Dónde los árboles frutales, y los versitos en portugués.
Nos tomamos un taxi sin demasiado destino, sólo pedimos que nos llevara a algún lugar para vivir. Fuimos a dar con el hotel Oriente, en Belgrano y 9 de Julio. Un par de semanas después mi amiga ya había conseguido trabajo, cosa que también hizo por mí. Al otro día tuve que estar en Junín y Ayacucho, era una casa de familia, me dijeron. Eran los dueños de cigarrillos Piccardo, me dijeron. Y así fue. Otros tres años.
Hasta que cambié de trabajo, ahora era en Arenales. Pero “precisaban a alguien más grande”, había mucho para hacer, así me mandaron con la madre, Eugenia. Nunca la voy a olvidar, jamás, ni a sus noches de canasta, ni sus salidas y bailes, su profesor de folclore en la casa. Ahí nació Cristina, que tuvo niñera propia, Adela. Hasta que falleció Eugenia, durmiendo. Y ya se me escapan un poco las memorias… ya es como en el tren, ya es sueño, ya es lento. Recuerdo apellidos como Guevara, parientes de un Che, también recuerdo al ministro de Perón, su fastidio y una pregunta en particular, que una vez me hizo con toda su intriga y enojo: ¡¿Para qué sirven… esas chapitas que tienen las cerraduras?!
(texto de Rocío sobre su abuela inmigrante)